¿Y si el burro sopla y suena la flauta?

Desde muy pequeños siempre nos han dicho lo mismo: «la vida es evolución. Las personas nacemos, crecemos, nos alimentamos, nos reproducimos y morimos». La mayoría de las cosas en la actualidad siguen esta lógica, todo va hacia delante. Renovarse o morir se suele decir también. Pero el fútbol es un movimiento de masas, es un ente que queda ajeno a todo esto. El fútbol es fútbol, como en su día acuñó Boskov.

A la mayoría nos gusta el deporte del balompié en su esencia. Hace muchos años los equipos saltaban al campo a divertirse a sí mismos y a los demás, ya que se creó el juego como método de liberación de los problemas rutinarios de las sociedades de aquel entonces. Los partidos eran batallas casi poéticas, donde el estilo y el movimiento dejaban boquiabiertos a los expectantes aficionados que lindaban las fronteras de los primitivos terrenos de juego. El talento al servicio del fútbol.Y al fútbol se jugaba arriba, no abajo.

De repente el juego involucionó. Alguien le pegó un grosero puntapié a la cancha y decidió instalar una pizarra con un dibujo donde se defendía más y se atacaba menos. Progresivamente la táctica se fue imponiendo como factor de juego, más que la técnica. Se encadenó al hombre talentoso, al chico 10 que deseaba expresar sus ideas dentro del campo. Y como réplica, se dio libertad al perro de presa. Así hasta que a un nuevo genio se le ocurrió la idea del doble pivote, colocado en el círculo central, acompañado, en ocasiones, de un escudero por detrás, por si las moscas.

Ante una falta alarmante de estrellas con verdadero talento, sentimos en nuestras carnes los bostezos continuos que nos produce el Mundial y sus dichosas vuvuzelas. Echo de menos aquellos Campeonatos del Mundo donde cada selección poseía a una verdadera estrella, un buque insignia o varios, en ocasiones, si tenías la suerte de pertenecer a una potencia planetaria. El fútbol ha evolucionado, pero como hemos dicho, hacia atrás y no hacia delante. Y ayer tuvimos un nuevo argumento para sostener lo dicho. La Inglaterra de Capello, sin hacer demasiado mereció el empate sin ningún género de dudas, pero tres señores no vieron el golazo de Frank Lampard. A Argentina le pusieron el partido de cara ante la vergüenza mundial. Estamos de acuerdo que los árbitros no se deben guiar por las repeticiones televisivas para tomar decisiones, según el reglamento, pero ¿Acaso no es más imparcial el que vela por la justicia, que quien vela por un texto muchas veces interpretable? Roberto Rosseti (en la imagen), el colegiado del Argentina-México, eligió ser un mal juez antes que ser un valiente, ante el horror y estupefacción del pueblo azteca.

burro

En este sentido el fútbol se niega a avanzar. Tanto tecnológicamente como ideológicamente. Parece existir el temor de que caigan las selecciones con solera y frente a ello, los dirigentes de este circo hacen oídos sordos a las voces que claman por el progreso. No se sabe por qué, ya sea por influencias, por favores debidos, o por el incómodo tema de la pasta. Ante un problema flagrante siempre se responde con opacidad y silencio… mientras que el aficionado responde, de nuevo, con sopor. Hasta que se derrumbe el negocio.
Mientras tanto todavía quedan duelos para la esperanza y salvación de este Campeonato. El placer de ver jugar a Alemania o Nueva España, como me gusta llamar a la selección de Joachim Löw, la Holanda de un Robben que sabe soportar el peso tulipán, de Ghana, la esperanza del continente negro o de la sorprendente Japón. Todavía queda mucho Mundial por delante y lo mejor está por llegar. Para seguir, un buen plato, el Brasil-Chile no me lo pierdo por nada en el mundo.